La tecnología también puede ser feminista

 

La tecnología está en el corazón de la modernidad y, aunque todavía parece escondida, también en la Economía Social y Solidaria. Hoy hablaremos con Marta Gómez, socia trabajadora de Jamgo, y con Laura Casas, socia trabajadora de SomConnexió. Ambas cooperativas son un exponente claro de que las tecnologías también pueden ser empresas sociales.

Pero de hecho, el salto no es fácil. La arquitectura interna de las empresas tecnológicas, articuladas alrededor de pocas multinacionales muy jerarquizadas y con esquemas internos de funcionamiento claramente verticales, no invita demasiado a acercar-se desde la economía social y solidaria. La Marta nos explica que las socias fundadoras de Jamgo, después de años madurando la idea de que se puede abordar la tecnología como una herramienta de transformación organizándola de otra forma, encontraron complicidades necesarias entre ellas para dar forma a una manera diferente de hacer las cosas. SomConnexió  vivió un proceso similar, surgiendo como cooperativa en el marco de la edición de la Feria de Economía Social y Solidaria con el nombre inicial de Eticom.

No siempre es fácil explicarlo al cliente. Como comunicar que una empresa no tiene ánimo de lucro, sobre todo cuando SomConnexió ofrece servicio de telefonía móvil, fijo y línea de internet a domicilio con prestaciones al mismo nivel que el resto de tecnológicas del sector. Aquello que a nivel social es una virtud, para mucha gente es percibido como un inconveniente o, en cualquier caso, una fuente de incertidumbre, suscitando temores sobre la calidad del servicio o su priorización de los propios objetivos de la empresa.

Poner la atención en el proceso, en los cuidados hacia el usuario y en la calidad de la relación entre la cooperativa, el producto y el cliente, es lo que marca la diferencia. Por ejemplo, Laura nos explica que en Jamgo, que trabaja la programación de aplicaciones informáticas a medida para empresas de todo tipo, el mensaje de base siempre ha sido  «se puede hacer de otra manera»

Para entenderlo, hace falta una mirada un poco más profunda. En la economía moderna los monopolios más grandes son los tecnológicos y sólo el hecho de crear empresas horizontales y empoderar a las personas usuarias es un cambio social muy grande. La tecnología se ha convertido en una necesidad básica y es posible cubrirla con ánimo de lucro, poniendo los beneficios por delante, o sin ánimo de lucro, poniendo las personas en el centro. Pero a menudo la persona usuaria ve la tecnología como una cosa innocua sin ir más allá en aquello que comporta el uso de ciertas herramientas, a veces incluso banalizándolas, como por ejemplo Google, etc. Hay clientes que no ven el valor añadido que puede aportar la economía social y que sólo buscan un buen servicio tecnológico.

Pero para otros es importante el valor añadido de trabajar con una organización con valores, horizontales, con retribuciones justas, etc. y a menudo el acercamiento inicial entre las nuevas personas usuarias y las empresas de la economía social y solidaria se producen precisamente como consecuencia directa de la competitividad y agresividad propias de las tecnológicas. El desengaño a consecuencia de estafas de todo tipo, un trato abusivo o despersonalizado, etc., hacen que una persona busque algo diferente. Pero es cuando el usuario entre en contacto con las cooperativas que trabajan en el marco de la economía social y solidaria cuando se produce un proceso de reflexión que, más allá de este primer acercamiento intuitivo a raíz de una relación frustrada con las empresas tradicionales, conduce a las preguntas que permiten poner en valor elementos claves como la transversalidad, las retribuciones justas, la toma de decisiones centradas en las necesidades del individuo y de la comunidad, etc. Esto hace que el potencial usuario pase de acercarse desde la perspectiva de un cliente a hacerlo como una persona socia y, por qué no, poco a poco como militante también.

Un elemento clave de esta manera de acercarse a la tecnología es poder mantener espacios de trabajo y de vida de dimensiones humanas. Desde Jamgo como desde SomConnexió tienen claro que existe un límite de crecimiento y que lo que aporta más a la comunidad humana en la cual se integra la cooperativa no es cambiar la filosofía y la manera de hacer con tal de absorber cada vez más trabajo, sino que surgen nuevas cooperativas que enriquecen y complementan el ecosistema tecnológico. Uno de los vicios de la sociedad tecnológica es la inmediatez y esto se ha traducido a menudo, a nivel de las empresas, en sacrificar valores sociales  (medio ambiente, retribuciones justas, derechos laborales, etc.) con tal de dar salida instantánea  a las demandas de los clientes. En el caso de la economía social y solidaria la excelencia en el servicio está igual. La diferencia es en la manera, los procesos, los valores y el contexto. Y en prestar un servicio sólo cuando este pueda ser prestado en condiciones adecuadas a todos los niveles (derechos laborales, medio ambiente, etc.).

Hay que tener en cuenta que no se trata simplemente de etiquetas, de trabajar con software libre, utilizar licencias abiertas u operar con certificaciones de Economía Solidaria. Todo esto es importante, pero no deja de ser consecuencia del elemento clave, que es ser horizontales y trabajar en condiciones justas y respetuosas con los derechos de todos. Esto implica no reproducir esquemas de producción netamente capitalista. En este sentido, romper con los entornos tradicionales y construir unos diferentes también es una manera de dar paso al feminismo y a una manera de abordar la tecnología desde una perspectiva menos masculinizada.

A nivel tecnológico, la economía social y solidaria ha hecho una apuesta por romper esquemas y esto ha derivado en desarrollar un mercado en paralelo que, con el tiempo, se ha convertido en central. Las alternativas ya no son alternativas, son realidades. Y están aquí para quedarse. Adoptarlas está al alcance de cualquiera.

 

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